Leyenda de las luciérnagas quindianas

Por Umberto Senegal

Mis bisabuelos la escucharon narrar a sus abuelos evocando crónicas de tatarabuelos esfumados en el principio de los tiempos, cuando la poesía no había encontrado aún las palabras escritas. Estas que observa, encharcando luz por todo lado y desparramándola en el aire, son luciérnagas quindianas, diferentes de las demás, si se toma tiempo comparándolas y, sin creer mucho en hadas, se orilla hasta la noche, en cualquier municipio del Quindío, para no confundirlas con estas cuando sobrevuelen su asombro.

El nombre primitivo fue despintado por conquistadores a quienes se les carbonizaban sus labios, pronunciándolo de noche. Entonces lo remplazaron por iputargi, tuco, calabongó, llanterna, copeche, candilito, kukuín, alúa y reluzanga de luz, entre otros. Las luciérnagas del Quindío, más grandes y resplandecientes que las de otras regiones suramericanas, conocen los arcanos de las sombras, la penumbra y la luz. Por tal motivo, conducen hacia los caminos del olvido las almas de algunos muertos. Sucedió en el ciclo de las nunca bien descritas catástrofes que por culpa de reptilianos azotaron al mundo.

Ya había hombres con talento para cantarlo. Unos pocos privilegiados, sabían soñarlo y conocían pormenores extraviados de lenguas que los conquistadores con cruz y espada desmembraron. La tierra anduvo sumida en la más espesa oscuridad que pudieran soportar dioses, semidioses y hombres. Los Annunakis tuvieron miedo de esa eterna noche, materia oscura más sombría aún en los ojos llorosos, donde transcurrieron sucesos de los cuales es mejor que no haya memoria visible para no enloquecer la especie humana.

En medio del pavor de esa noche, las luciérnagas con su exigua fosforescencia resolvieron restituir a los hombres el sol. “¡Los Dzules solo habían venido a castrar al Sol! Y los hijos de sus hijos quedaron entre nosotros, que solo recibimos su amargura en el principio de los días de los años del Katún Once Ahau”, revela el Chilam Balam.  Fue entonces cuando volaron por incontables regiones, recordando a los hombres, con su fulgor, la presencia de la luz.

Observándolas desde donde estaba oculto, el sol se apiadó de estos insectos repartiendo sus lucecitas y resolvió ir también él por donde volaran las luciérnagas. Leguémosle a su luz el dominio de la noche, sobre las antorchas y las estrellas, dijo. Y les trasfirió parte de sí mismo, agregando, y asignémosle a sus herederas las noches del Quindío.

Sus discontinuos parpadeos de luz, pueden decodificarse para averiguar dónde hay guacas o para obtener la clave del lenguaje de colibríes y mermudios quindianos. Su nombre original puede escucharse bajo efecto del yagé, toma pinta tigre. Y así fue esto y desde entonces las luciérnagas quindianas no solo llevan partículas de sol sino que, desde aquel día, este sale de noche en doce pueblos del Quindío. Sobre todo en Buenavista, Nuestra Señora de las Luciérnagas…

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Un pensamiento en “Leyenda de las luciérnagas quindianas

  1. Patricia dijo:

    Hermosa leyenda, el Quindio del que sea habla es el Quindio Colombiano? Es verdad que hay están las luciérnagas mas grande? Vole con mis recuerdos por esas hermosas tierras quindianas. Gracias

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